por Ricardo Rodulfo
Siempre que muere un gran filósofo es como si muriera el último de los filósofos y muriera la filosofía… Hasta que emerge el próximo y con él/ella, toda una nueva esperanza para quienes aman pensar.
Esto acaba de sucedernos con Jean-Luc Nancy, cuyo último libro acaba de resonar. Probablemente el punto final de una serie cuya primera gran culminación fue su maestro, Jacques Derrida.
Se trata de un pensamiento que rebasó no pocas de las oposiciones que compaginaron la metafísica occidental, y en esto Nancy fue extremadamente activo.
Llevó bien a fondo el dejar atrás la dualidad entre materialismo e idealismo que tantos años gobernó como pudo la filosofía, con escasas excepciones.
De la misma manera el pensamiento de Nancy, socavó la alternativa entre en un enfoque histórico y un enfoque estructural. Al respecto evocamos como inolvidable su primer texto importante Los títulos de la letra, escrito en colaboración con Lacoue-Labarthe donde practicaba una aguda deconstrucción de la teoría del significante de Lacan, y esto durante la época del setenta del siglo pasado, cuando aquella estaba en su apogeo.
Análogos procedimientos respecto a la muy tradicional antinomia entre lo sensible y lo inteligible, con todas sus raíces cartesianas. Y así sucesivamente.
Nancy se constituyó de ese modo en otro de los grandes filósofos franceses del siglo pasado (P. Ricoeur, J. Derrida, J. F. Lyotard , G. Deleuze) que mucho ayudaron al psicoanálisis -todo un grupo de amigos del psicoanálisis, como gustaba autodefinirse Derrida- con su apoyo crítico y renovador, con su potencia para volver inactuales fronteras anacrónicas entre distintas disciplinas y con una dirección de pensamiento que le mostraba a los psicoanalistas que, para serlo, no les bastaba con formarse en psicoanálisis: el pensamiento filosófico era ineludible.
Corpus es un bello ejemplo de la capacidad de Nancy para hacernos pensar de nuevo y como por primera vez en el cuerpo, algo que se repitió en su texto sobre el tocar.
Fue un pensador que supo sacar un enorme partido de la idea derridiana de diferencias no oposicionales, liberando el concepto de diferencia del encarcelamiento de la oposición tradicional que reducía siempre diferencia a una oposición binaria, fuese en una perspectiva historicista, fuese en una perspectiva estructuralista.
Y con todo el apresuramiento por lo que estaba pasando en el año 2020 pudo dejarnos esa pequeña joya: Un virus demasiado humano, donde retorna y retoma su sensibilidad para los matices más sutiles que los ideologemas políticos suelen pasar de largo ominosamente. Este libro también funciona como una gran advertencia, una advertencia final, para las pretensiones de inhabilidad de la cultura occidental, sobre todo cuando le deja toda la conducción de la nave al capitalismo menos regulado y más voraz, aquel que hace de la codicia su regla de cálculo.
Echaremos mucho de menos a Jean-Luc y a los nuevos textos que hubiéramos esperado de él, pero debemos aceptar a fin de cuentas la muerte, sobre todo pensando en que las circunstancias lo convirtieron en un intruso en su propio cuerpo… otro libro memorable.
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