Lo que puede aportar el psicoanálisis al problema del personalismo en política
Digamos que nuestro continente abunda en casos de personalismo extremo que conduce a liderazgos más o menos paternalistas infantilizantes, amén de constituir un obstáculo serio para un verdadero ejercicio democrático. Tales personalismos suelen practicar diversas formas de mesianismo, mezclado con claro predominio de teorías conspirativas que ponen en escena la clásica invención del enemigo. Por otra parte, en ellos se confunden indistintamente regímenes que se presentan como de “izquierda” como aquellos de manifiestas tendencias conservadoras, eso con suerte, porque las hay peores, las abiertamente neofascistas. Pero de un modo u otro, claramente autoritarias, y esto de mínima: el paso a un orden más dictatorial siempre queda cerca.
Otro rasgo en común es que estos regímenes basados en el carisma de una persona invariablemente terminan mal, característicamente con un desenfreno de la corrupción y otros fenómenos negativos. Y en una gran desilusión… pero que en nada frena la próxima ilusión, a menudo dirigida hacia un personaje aparentemente opuesto al anterior… claro que sólo en el plano de lo más manifiesto. El balance de estas múltiples, demasiado, “experiencias” es francamente negativo, de nulo valor para el ascenso de una conciencia democrática y republicana en el país de que se trate. Y lo agrava la fuerza irresistible de la compulsión de repetición, con su característica indiferencia a los resultados empíricos.
En la actualidad prima achacar toda la responsabilidad por estos procesos a la prensa y sus prolongaciones mediáticas, lo que forma parte de aquel conspirativismo siempre atento y dispuesto a brindar explicaciones simplistas. En él se trasluce, además, la inquina por todo lo que connote libertad de prensa, y por más que coincidamos en no idealizarla ni asignarle una transparencia que está lejos de poseer, lo cierto es que lo que anotamos en aquellos países donde no existe nada parecido a libertad de prensa aconseja, con todos los matices del caso, no despreciar ni denigrar ni minimizar la importancia de esta categoría. Por otra parte, es ingenuo postular una acción politizada de los medios en determinadas direcciones que pudiera ejercer un influjo irrestricto sobre la gente, convirtiendo a ésta en mera víctima del periodismo. La manipulación que éste puede ejercer se basa en algo, en cierta “materia prima” ofrecida por el público consumidor de noticias, es unilateral imaginar una manipulación omnipotente que nada le debería a los deseos de una comunidad. Ya es tarde para creer en aquello de las masas “engañadas” por el fascismo, pero sin deseo alguno de fascismo.
Es precisamente en este punto que el psicoanálisis, desde su particular experiencia clínica, puede aportar algunas ideas valiosas surgidas de su trabajo con las subjetividades humanas. Para empezar esta experiencia clínica se topa con una posición generalizada de marcada ambivalencia respecto de todo cuanto huela a libertad. La libertad angustia, pesa; con frecuencia asistimos a diversas maniobras más o menos inconcientes para evitarla o amortiguarla, por lo menos, cuando no con renuncias masivas a ella. Antes que una lucha por ser libres el análisis es testigo de movimientos que un paciente hace para cambiar de amo, a menudo llamando a esto “libertad”.
Un testimonio interesante de esto se encuentra en muchos adolescentes, sumamente rebeldes, refractarios y libertarios en casa con su familia, pero dóciles y sometidos a líderes que se cuentan entre sus pares no pocas veces, o con otras figuras no de su generación y exteriores a sus familiares. Y no es éste el único ejemplo que podríamos escoger. Casi todos los procesos de liberación en que encontramos a nuestros pacientes atraviesan zonas de enorme riesgo de extraviarse en una equívoca búsqueda de nuevos amos. Es innumerable la cantidad de gente que parece preferir esta opción a toda genuina libertad. Y esta opción regularmente se encarna en figuras ideales o idealizadas, figuras “fuertes” admiradas ante las cuales toda posición crítica se depone totalmente.
De he hecho, el analista se encuentra con esta misma conducta en el seno de su propia comunidad, también muy viciada por los abusos de personalismo que entronizan un Freud, un Lacan, o un quien fuere. Está por verse si es éste un rasgo “latino” de nuestra cultura política. No es lo mismo cambiar de dioses que volverse ateo. Este procedimiento lleva luego a votar por entidades hiperpersonales. Que estas personas estén donde están no por sí mismas sino sostenidas por diferentes lobbies y grupos de intereses no cambia para nada el punto clave de la fascinación por la persona que encarna un ideal mesiánico, ya que la mayoría de los ciudadanos nada sabe ni quiere saber de esos entretelones y pliegues más recónditos de lo político y persisten en mantener viva su creencia pueril en la autosuficiencia heroica de determinado líder carismático, tal cual los chicos quieren por mucho tiempo seguir creyendo que los grandes “hacen lo que quieren” o que los bebés se gestan comiendo la mamá algún alimento especial.
Si en algún lugar encuentra el analista en su trabajo diario que impera el infantilismo más crudo es allí donde se erigen los ideales más frecuentados, y la política es un terreno privilegiado en ese sentido, porque las relaciones de dominio, el deseo de poder, requiere de mitos para sustentarse y perdurar en el tiempo del status quo. Por supuesto, que un trabajo analítico pueda a menudo desovillar estos dispositivos en casos individuales no lo habilita para resolver la problemática de fondo, que es colectiva. Puede ayudar, pero en consonancia con otras disciplinas y, en particular, cambiar este estado de cosas -así sea un poco- necesitaría de mucho trabajo político que los políticos en general poco dispuestos están a realizar, ya que conmoverían la estabilidad de su propio piso, que se beneficia cuanto más votantes haya dispuestos a creer en líderes y en estilos de gobierno personalistas, estilos donde la composición de un personaje -en esto el político se asemeja más a un actor- prevalezca sobre la reflexión, el pensamiento, la generación de ideas y de planes no basados en el influjo mágico de esos salvadores que buena parte de la población sigue esperando y votando cada vez que cree encontrarlo… o encontrarla. Pero sí el modo de pensar psicoanalítico puede ayudar mucho a clarificar esta situación y aportar al pensamiento de sociólogos, politicólogos y políticos de otra fibra, que también los hay, amén de diferentes especies de dirigencias con funciones institucionales relevantes.
El aporte del psicoanálisis es inapreciable y hasta insustituible cada ocasión en que hace falta desenmascarar la naturaleza mítica -o mitopolítica, -según lo he escrito en más de una publicación- de diferentes fenómenos subjetivos, individuales o grupales. Además, el psicoanálisis se interesa por todo aquello que desaliente apoyarse o remitir a oposiciones fáciles, como la que traza una línea aparentemente infranqueable entre izquierdas y derechas, porque allí donde otros explotan el motivo del contraste, nuestra disciplina privilegia detectar las complicidades profundas y menos visibles. La posición trascendental del liderazgo personalista es precisamente uno de esos funcionamientos indiferentes en última instancia a ese tipo de binarismos a los que muchos siguen recurriendo, pese a su agotamiento conceptual y al hecho de que ya hace rato nada aportan de nuevo, mientras en cambio sí aportan al desgaste de las prácticas potencialmente democráticas, llevando a la ciudadanía de desilusión en desilusión, y por supuesto a un aumento del empobrecimiento general, tanto económico como cultural.
En síntesis, el análisis, en su ejercicio más concreto, pone de manifiesto y desoculta el deseo humano no de libertad sino de sometimiento y servidumbre, la repulsa angustiada de vivir sin amos que piensen y decidan por nosotros. Sea cual sea su ignota fuente, que hasta cuenta con una base genética, pues somos mamíferos, seres de rebaño, como nos recordaba Nietzsche, este deseo compulsivo asola nuestra existencia y hace peligrar ideales más valiosos. Se constituye en un problema fundamental, que impulsó a Derrida a proponernos una consagración al estudio del dominio y sus implicancias en lo humano.
Se hace ineludible aclarar que el tal deseo de ser dominado, dirigido, sometido, no debe confundirse con el masoquismo. puesto que no está en juego aquí ninguna categoría psicopatológica o psiquiátrica reduccionista. Más bien se trata de un concepto de índole existencial que debería formar parte del repertorio del existenciario humano. Como tal es inespecífico respecto de los cuadros de una psicopatología de cualquier tipo que se movilice para apoderarse del término, cosa que no debe suceder. Este deseo, en tanto tal, es indiferente a la naturaleza neurótica o psicótica o la que fuere de inspiración patologizante. Ningún ser humano debe tener la peligrosa arrogancia de creerse a salvo y afuera del campo de acción de semejante poderoso deseo. En este sentido se entiende porqué Freud, después de varias tentativas vacilantes, acabó por dejarlo excluído de sus teorías pulsionales, en las que siempre apoyaba sus reflexiones e inflexiones de tipo psicopatológico.
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