Acerca de la importancia de concebir la sesión como una experiencia de encuentro abierta, porosa y permeable al mundo Otro
Como en los albores del psicoanálisis, estamos en tiempos en que vuelven a pesar mucho las iniciativas del paciente. Nos referimos en particular a aquellas que merecen ser seguidas y hasta adoptadas. En términos generales, y sin necesidad de que el paciente tenga conocimientos psi, estas iniciativas arruinan para siempre una suposición muy fuerte del dispositivo clásico de la sesión: la de que ésta se constituía en un espacio al abrigo del mundo exterior, cuya lógica y protocolos no corrían en él, a lo que se añadía otra: la de que toda referencia del paciente a ese mundo exterior había que pensarla como proyección, al servicio de la resistencia la mar de las veces (“Llegué tarde porque el tren…”), en todo caso interpretación tendenciosa del paciente de aquella realidad, teñida por sus fantasías.
Sin necesidad alguna de tirar esto a la basura, porque muchas veces es cierto, no basta ya: el llamado mundo exterior o real, el medio, etc., tiene características propias que intervienen independientemente de las proyecciones del paciente y deben ser consideradas para no hacer caer al análisis en una cerrazón brutal que pretenda excluirlas sin tomar en cuenta sus efectos de todo tipo en los malestares y bienestares de los pacientes que atendemos.
En otras palabras: la sesión está ahora abierta -como lo estuvo siempre, pero sin reconocerlo-, sus paredes son membranas porosas por las que se filtra el mundo otro no reductible a la imaginación del paciente. Y hay veces en que es vital que las intervenciones del analista tiendan a mostrar hasta qué punto el paciente está negando que vive en un mundo malsano del que debería tratar de alejarse, un mundo que no es fruto exclusivo de sus interpretaciones afectivas. En efecto, hay muchos pacientes que, en lugar de tomar conciencia de las deficiencias y patologías ambientales, optan por echarse la culpa como si fuesen ellos quienes convirtieran en un infierno un ambiente que objetivamente sería de lo más normal y adecuado. Si el analista se suma a este juego la situación se torna grave, iatrogénica, y sin salida posible. Caso por ejemplo de mujeres golpeadas que atribuyen la violencia de su pareja -o de sus padres- a la cólera provocada por el comportamiento de ellas mismas, no por una crueldad o sadismo del otro.
Conviene liquidar los últimos restos del sueño psicoanalítico de la sesión como un dispositivo de laboratorio, con variables neutralizadas, un formato de ciencia experimental que en los hechos solo produjo rigidez y burocratización del dispositivo analítico. La sesión gana al ser pensada como una experiencia de encuentro con otro que acompaña nuestro recorrido para ayudarnos a pensar y allegar a algo propio y singular de nosotros mismos, algo para nada equiparable a un quirófano aséptico que daría pie a enunciados generalizables acerca del inconsciente. La sesión debe ser una experiencia personal. El analista puede contar con pequeñas técnicas, pero de ningún modo la sesión es un protocolo técnico que pueda repetirse en serie. Como si dijéramos, parafraseando a Lacan, que la sesión no existe: lo que sí existe es una sesión. Y no tiene autor, nunca lo tuvo, fue pergeñada en un entre muy particular que dio lugar a merecidos homenajes a La Histérica Desconocida, simplificando un poco (participaron del entre otros tipos de pacientes) que supo proponer alternativas tan sagaces como prestar atención a los sueños y a pequeñas naderías de la vida cotidiana.
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