Por Marisa Punta Rodulfo
Neurosis, bordes y desbordes. Clínica del sufrimiento contemporáneo
Marisa Punta Rodulfo — Paidós Psi
¿Cómo pensar hoy las neurosis sin perder de vista la complejidad del sufrimiento contemporáneo? Esta pregunta atraviesa mi nuevo libro y expresa una preocupación que ha acompañado durante muchos años mi trabajo clínico con niños, adolescentes y jóvenes.
Las neurosis conservan plenamente su vigencia. La represión continúa siendo una operación fundamental para comprender determinadas modalidades del conflicto y del sufrimiento psíquico. Sin embargo, la experiencia clínica nos enfrenta a problemáticas que no pueden explicarse exclusivamente desde ella.
En una misma subjetividad pueden coexistir conflictos neuróticos, experiencias traumáticas, problemáticas narcisistas y diferentes modalidades de inscripción y producción psíquica. Reconocer esta heterogeneidad no significa abandonar nuestras herramientas conceptuales, sino ampliar sus posibilidades de trabajo y revisar los límites de nuestras explicaciones.
Los bordes y desbordes a los que alude el título no constituyen nuevas categorías diagnósticas. Nos permiten interrogar aquello que no encuentra una explicación suficiente dentro de nuestros modelos y reconocer que distintas operaciones psíquicas pueden coexistir en una misma persona.
En el prólogo del libro, Juan Carlos Volnovich destaca la importancia de recuperar las neurosis infantiles sin concebirlas como marcas definitivas ni como destinos inevitables. Su lectura pone de relieve una clínica en la que las neurosis, las histerias y las fobias funcionan como referencias para comprender diferentes modalidades del sufrimiento, pero sin transformar esas referencias en identidades inmodificables.
Esta perspectiva tiene consecuencias decisivas para el trabajo clínico. No es equivalente interpretar aquello que ha sido reprimido que trabajar con experiencias traumáticas cuyas posibilidades de ligadura, transformación y elaboración se encuentran comprometidas. Tampoco podemos abordar de la misma manera un conflicto neurótico y determinadas problemáticas narcisistas, aunque puedan coexistir en una misma subjetividad.
La precisión psicopatológica resulta indispensable. Diagnosticar nos permite formular hipótesis, establecer diferencias y orientar nuestras intervenciones. Pero un diagnóstico no debería anticipar de manera inexorable el destino de una persona. Las categorías psicopatológicas son herramientas de trabajo, no identidades definitivas.
La reflexión sobre las experiencias traumáticas adquiere una dimensión particular cuando consideramos nuestra historia argentina. La última dictadura cívico-militar genocida, con el terrorismo de Estado, las desapariciones forzadas y la apropiación de niños y niñas, así como la guerra de Malvinas, dejó marcas profundas que nos interrogan acerca de la memoria y de las posibilidades de elaboración del sufrimiento. No se trata de atribuir a esos acontecimientos toda manifestación actual de padecimiento, sino de reconocer que la historia colectiva participa de las condiciones en las que se constituyen las subjetividades.
Hay una cuestión clínica especialmente importante: el trauma no se reduce al acontecimiento violento. Cuando aquello que una persona ha padecido es negado, desmentido o silenciado por quienes deberían reconocerlo, a la experiencia traumática puede agregarse una nueva violencia. La ausencia de reconocimiento y la imposición del silencio comprometen las posibilidades de elaboración y nos exigen intervenciones que no pueden limitarse a interpretar aquello que ha sido reprimido.
Estas preguntas se articulan con otras transformaciones de nuestro tiempo. Las nuevas modalidades de relación con las tecnologías, la exposición de la intimidad, la hipersexualización temprana, las violencias y las fragilidades narcisistas plantean interrogantes que no podemos resolver aplicando mecánicamente categorías previamente establecidas.
A lo largo de mi práctica clínica he encontrado una y otra vez que nuestros pacientes nos enseñan algo que todavía no sabemos. Sus producciones nos obligan a revisar nuestras hipótesis y a reconocer formas de trabajo psíquico que no siempre encuentran expresión en el lenguaje verbal.
Por eso, en este libro, el dibujo, el jugar, las imágenes, los sueños y las producciones corporales adquieren un lugar fundamental. No los considero recursos secundarios ni simples ilustraciones de contenidos verbales. Constituyen modalidades de escritura y producción psíquica con estatuto propio.
La secuencia de los dibujos, sus modificaciones, las tachaduras, las transformaciones del espacio gráfico, los silencios y las posibilidades de jugar nos permiten seguir procesos que se despliegan en el trabajo transferencial. No se trata solamente de descubrir significados ocultos, sino también de reconocer aquello que comienza a producirse y transformarse durante el tratamiento.
En este sentido, volver a Freud, especialmente a La interpretación de los sueños, resulta fecundo. Allí encontramos un inconsciente que trabaja, transforma y produce; un inconsciente cuya actividad no se agota en lo reprimido y que nos invita a considerar las imágenes, las huellas perceptivas y las múltiples modalidades de escritura psíquica.
Esta concepción permite ampliar nuestra comprensión de las neurosis sin diluir su especificidad. El dibujo y el jugar no son únicamente vías de acceso a contenidos inconscientes previamente constituidos. Son también espacios de producción subjetiva, en los que pueden abrirse posibilidades de transformación.
Los historiales clínicos que recorren el libro muestran cómo estas producciones participan del trabajo analítico y cómo sus transformaciones permiten reconocer movimientos subjetivos que no podían anticiparse a partir de un diagnóstico inicial.
En su prólogo, Volnovich destaca precisamente la originalidad de una clínica que atiende a las configuraciones corporales y espaciales, a las secuencias gráficas, a las verbalizaciones y a los silencios. Su lectura recupera la importancia de pensar las neurosis como modalidades del sufrimiento y no simplemente como categorías destinadas a clasificarlo.
Pensar las neurosis desde sus bordes y desbordes no significa renunciar a las diferencias psicopatológicas. Por el contrario, exige distinguir con mayor precisión las operaciones psíquicas que intervienen en las distintas formas del padecimiento y construir intervenciones capaces de responder a esa complejidad.
El desafío consiste en sostener nuestras herramientas diagnósticas sin convertirlas en clasificaciones cerradas, reconocer la importancia de la historia sin reducir al sujeto a sus marcas traumáticas y ampliar nuestra escucha más allá del material verbal.
La vigencia del psicoanálisis no depende de que sus conceptos permanezcan intactos, sino de su capacidad para dejarse interrogar por la experiencia clínica. Una teoría permanece viva cuando puede reconocer sus límites, revisar sus formulaciones y continuar produciendo pensamiento.
Esta es una de las apuestas centrales de Neurosis, bordes y desbordes: sostener la especificidad de las neurosis y, al mismo tiempo, abrir nuevas posibilidades para comprender el sufrimiento contemporáneo.
Porque diagnosticar es necesario, pero ningún diagnóstico debería convertirse en el destino de una subjetividad.
Aun cuando el sufrimiento haya dejado marcas profundas, el trabajo psicoanalítico puede abrir posibilidades de transformación, de nuevas inscripciones y de nuevos modos de relación con los otros.
Una subjetividad permanece abierta al porvenir.
Marisa Punta Rodulfo
Puedes consultar la sinopsis completa y los datos del libro en su ficha: Neurosis, bordes y desbordes. Clínica del sufrimiento contemporáneo (Paidós Psi, 2026).
